lunes, enero 31, 2011

Entrevista al maestro César Jones

Espacio
Inca
km
3


¿Hay alguna diferencia entre la actuación para cine porno y la prostitución?

En ciertos casos se parecen bastante, pero eso depende del cine porno al que estemos aludiendo. No debemos olvidar que, aunque su avasallante versión establecida pueda tentarnos a pensar lo contrario, hablamos de un género en el que la diversidad está presente, por lo que detrás o a los costados –fuera del centro en todo caso– del imaginario generalizado o el interminable loop de su cara más vista, habita una pluralidad de voces y miradas que deben ser tenidas en cuenta a la hora de pensar el espectro que abarca el condicionado.
En mi experiencia personal, lo que el actor porno lleva a cabo –y eso pretendo y hacia allí empujo cuando filmo– es la puesta en escena/pantalla de una conmovedora generosidad al servicio de un objetivo que no deja de ser representacional, claro está, y en el que entra en juego uno de los estratos más delicados y sensibles con el que pueda tratarse en territorios humanos: me refiero al desnudamiento erótico primordial que el intérprete encarna a través de su intervención en función del film. Actores y actrices necesitan y merecen de toda la contención que nos sea dable proveerles, al menos como una mínima devolución ante semejante muestra de amor –en el sentido de máximo esmero prodigado a algo o a alguien- en instancias de una tal y frágil intimidad. Cierto que el propósito es convocar al goce y no al mero acto, y que entonces el placer suele apersonarse con formidable potencia en la experiencia dramática, tan cierto como que ese placer será directamente proporcional al temor provocado por su propia cuantía y por la caída de velos represivos que el proceso pudiere conllevar. De este modo, el actor se ofrenda casi como prenda sacrificial para vehiculizar esa misma confrontación interna en el receptor y –doble operación– tender el puente de comunicación entre aquél y el director. Pequeña gran heroicidad cuando esta pirueta se concreta, lástima que en general la devolución de los propios realizadores, productores e incluso buena parte del público no guarde la más mínima estima para con el más noble de los integrantes de la voraz cadena alimenticia del hardcore.

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Hay toda una discusión en curso en los ámbitos académicos acerca de la posibilidad de un porno de género, en el sentido de que podría reflejar un tratamiento igualitario entre los sexos y no la consabida erotización a partir de la dominación del macho. ¿Pensás que es posible todavía (como lo fue en los años '60) la práctica de una pornografía existencialmente liberadora? ¿Cómo?

El machismo –la misoginia directamente– domina la escena del porno actual. Pero no la completa. Yo no sé si es posible la gesta que mencionás, de lo que estoy seguro es de mi indiferencia ante la eventualidad de esfuerzos tentados en esa dirección, no oteo en mi horizonte de expectativas nada más desabrido que un porno igualitario, pues la vida late en la diferencia y restalla en el contraste. Sí creo que no debe reducirse toda mirada masculina a machismo –padeceríamos una flagrante miopía entonces–, como también percibo claramente que la visión femenina dentro del género brilla por su lamentable y casi completa ausencia, excepción hecha de los casos más notorios de directoras y productoras en el mercado estadounidense y en menor medida europeo, aunque en la gran mayoría de los casos da igual, pues lo que hacen es replicar las fórmulas reaccionarias de sus colegas varones, que generalmente padecieron por haber sido actrices antes de saltar al otro lado del mostrador.
En fin, que no creo en el sexo como bandera, religión, apotegma o ideología, lo que me desvela es la pulsión erótica como elemento fundante de la condición humana y su formidable poder expansivo, que da lugar a un atiborramiento de sentidos entre los cuales uno elige, decide como puede entre ellos, intentando brindarles la forma de una respuesta que nos resulte útil para vivir.

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